viernes, 17 de abril de 2015

RICARDO DARÍN ME LLAMÓ POR TELÉFONO

Y en cuanto dijo quién hablaba corté.  No era Joseph Campbell, ni Stephen Hawking, ni Claude Levi-Strauss, ni Mircea Eliade.  Era Ricardo Darín.  Por eso supe que no iba a contarme nada que pudiera interesarme.  También me llamaron Martín Lousteau, Gabriela Cerutti y Horacio Rodríguez Larreta.  A todos les corté inmediatamente la comunicación.  Trabajo en un escritorio de PC con el teléfono de línea al lado.  Siempre atiendo.  Puede ser un llamado de trabajo.  En todos los casos, estaba haciendo eso precisamente cuando sonaron los rings.  Siempre durante un momento de alto grado de inspiración, que puede ser cualquiera durante el recorrido de una narración.  Interrumpieron mi tarea, me sacaron de eje y, finalmente lograron irritarme al espantar mi musa.
    Es cierto que estamos en tiempo electorales y que el egocentrismo de los candidatos les obliga a sacar la cabeza de cualquier agujero para anunciar que es el mejor de todos, incluso más que vos, pero, ¿quién les diseña las campañas?  ¿La oposición?  ¿Acaso no saben que nadie quiere hablar con una grabación o una máquina?  Quien tenga mi edad –nací tres años antes que el Media-Tico Adol-Fito Páez- habrá sufrido la disruptiva aparición del contestador automático.  Cuando llegabas a tu casa veías titilar la luz indicadora de mensajes.  Al intentar escucharlos, todos habían cortado sin responder a tu alocución.  De a poco, nos fuimos acostumbrando a su útil función.  Hoy, los smartphones le han firmado el acta de defunción y pronto lo harán con el correo electrónico, del que tanto nos asombrábamos.
    Pero ojo, también se usa aún para enviarte spams.  Ciertas compañías venden a otras listados con millones de ellos.  Tengo varias direcciones de origen incluidas en la carpeta de “No deseados”.  Debajo de cada uno de ellos podrán leer un presunto alentador link que dice “Clickee aquí si no quiere recibir más este mensaje.” 
    Error.
    Cuando lo hacés, estás confirmando que lo recibiste, asegurándoles que tu dirección es real y que vos estás detrás.  Aunque hay algunos, por ejemplo, que van firmados con nombres femeninos, acompañados por la fotografía de una chica bonita que reza: “Ayer te escribí y no me contestaste.  ¿Por qué?”.  También van a parar a la basura.
    Volviendo a los llamados, recibí el del subcomisario TAL.  Un truco más viejo que el “toco mocho”.  Que si uno tiene un pariente en la vía pública.  Que tuvo un accidente.  Y otro qué.  Uno va entrando con miedo y empieza a revelar nombres hasta que le dicen que tienen secuestrado a ese pariente.  Ni bien oí el grado de “subcomisario”, le hice observar que él era una hez maloliente hijo de una meretriz y lo envié a la vagina de esa mujer.  No se ofuscó, parecía acostumbrado a recibir semejantes epítetos.  Con voz calma respondió que tenían secuestrada a mi mujer, mientras, en realidad, ella estaba barriendo el living a tres metros de mí.  Continuó con que entre cinco compañeros la estaban violentando.  Le dije a su vez, que yo había sodomizado a su madre, quien era la más lúbrica de todas las mujeres que habían pasado por mi vida.  No le importó, como era de esperar.  Sabía que alguien se lo había hecho a su madre antes que yo.  Luego de una larga e ingeniosa retahíla de insultos, tuvimos que recurrir al diccionario para encontrar otros nuevos.  No los había.  La amable charla se fue distendiendo.  Primero rió él, lo seguí yo, y terminamos como dos amigos.  Nos despedimos con un “Bueno, chau, chau, seguí con lo tuyo.”
    Otras llamadas que siempre recibo es para solicitarme “una breve encuesta”.  Parece que todavía no se avivaron que para que les responda, deben primero pagarme, como se hace en cualquier país civilizado.
    También me llaman los bancos para ofrecerme dinero, tarjetas de crédito y seguros de vida, además de las compañías de cable o internet para venderme sus paquetes mejores que el mío a mitad del precio que pago.  Entonces, ¿por qué no me lo reducís a mí, que soy viejo cliente, en lugar de ofrecérselo a uno nuevo?  Cosas de la magia que ni el mismo Alesteir Crowley lograría desentrañar.  Es cierto que existe un servicio, creo que de las telefónicas, no sé, denominado “No llame”, o algo por el estilo, donde podés inscribir gratuitamente tu número entre otros para que desaparezca de las listas de los telemarketers, trabajo ingrato si los hay.  Entre paréntesis, recuerdo un episodio de los “X-Files” que me puso los pelos de punta como el Moe de los Tres Chiflados.  Un telemarketer encerrado en su cubículo de uno por uno, doce horas al días, en medio de cientos de cubículos iguales, se estresaba tanto que veía caminar por el salón una langosta gigante.
    Volviendo al “No llame”, desconfío también de ello, como paranoico que soy.  Si te anotás ahí, pasás a formar parte de “otro listado”, mientras que si no lo hacés, continúas siendo un anónimo grano de arena en la playa.

    En tanto, he tomado un descanso de trabajo para distraerme en esto, mientras espero que suene el teléfono.       

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