viernes, 20 de mayo de 2016

QUE ME VENGAN A BUSCAR (primeros capítulos)

Editorial Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2012.

1
El tipo tenía cara de imbécil. Me di cuenta en cuanto llegó. Ustedes deben saber
cómo son las caras de imbécil. No las de gestos despistados, escondidas tras anteojos
de culo de botella. Estas son las más peligrosas, las que pueden depararte
sorpresas desagradables. Detrás de ellas se esconden los vivos, los astutos, los
que esperan en la sombra la oportunidad para dar el zarpazo. Pensás que vas a
poder cagarlos en la primera mano y de pronto se levantan de la mesa con tu guita
en el bolsillo. Cuidado con los tapados. Esos no tienen cara de imbécil. Parecen.
Pero este era un imbécil derecho viejo. Me lo decía esa mirada resignada de ver
todo el tiempo cómo se le piantaba la sortija mientras daba vueltas en la calesita
de la vida. Ahí, paradito al lado mío, le saqué la radiografía de cuerpo entero. Llevaba
unos zapatos con cicatrices de guerra. Ya me los imaginaba yo luchando
contra las baldosas flojas, pisotones en el colectivo, deshidratados de polvo suburbano,
envidiando a los abotinados pitucos, deseando delicados taco aguja.
Presten atención a los zapatos del sujeto que tengan enfrente. Les van a decir
mucho de ellos. Los quías podrán vestir de casimir inglés, pero los tarros revelarán
su verdadero pedigrí.
Al levantar la vista descubrí que me miraba, pero rápidamente rehuyó mis ojos.
El zaguán no era muy grande.
Apenas para nosotros dos. Si alguien saliese del edificio en ese momento, alguno
tendría que correrse. Desarrugó un papel escrito a las apuradas y buscó el departamento
con el dedo sobre el portero eléctrico. Le respondió una voz de radio mal
sintonizada y esperó a que le abrieran. Cada tanto, se remojaba los labios con
una lengua blanca. El sobretodo que llevaba no era malo. Seguramente resultado
de algún aguinaldo lejano, pero ahora estaba hecho una porquería. Sucio, un siete
cosido por abajo. Y al final, las hemorroides de algodón, asomándose por el
forro descocido. Mientras tanto, el viento encajonado entre los edificios le removía
las crenchas de la cabeza. Pero lo que identificaba plenamente a mi hombre era
su maletín. El zaparrastroso ataché de los valijeros.
Algo en su aspecto descuidado me decía que le faltaba mujer. Estaba yo seguro
de que allá donde hubiese un burlesque estaba él. Uno más de tantos, escondido
entre el perfume a Polyana, el maletín sobre su falda y la mano debajo de él, bailando
el cancán de los solitarios.
Pero ya no quedan burlesques en esta ciudad de mierda. Ya no queda casi nada.
Extraño esas negritas que se sacaban la bombacha con la gracia de un ñandú
rengo. Bueno, quien haya ido a algún burlesque sabe de lo que hablo. Da igual
las tres de la mañana que las dos de la tarde. La vaga mirada sobre el haz del
spot. Una especie que se extingue.
Los valijeros.
Si no se fue uno de ellos, claro. Lo dejo a la conciencia de cada uno.
Los valijeros se extinguen junto a los burlesques. Ya nadie necesita de ellos. Las
ofertas son por teléfono, diarios o Internet. La globalización aprieta sus cuellos
con nudo de ahorque. Y para eso no hay repuesto.
Me preguntaba si el tipo tendría laburo o saldría a la calle con su maletín vacío
para no suicidarse.
Al fin, sonó la cerradura eléctrica y empujó la puerta sin soltar sus trastos, para
terminar tragado por el ascensor. Cuarto piso, departamento G. Ya me lo sabía de
memoria. Pobre Lola, la que le esperaba. Y no estoy hablando precisamente del
valijero, sino de mí.
Como todavía tenía para media hora, fui a esperar tranquilo a un café de la esquina
desde donde podía ver el zaguán como si fuera por televisión. Me hubiese
venido bien una grapita, pero está prohibido beber en servicio. ¿Para qué estropear
una foja impecable? Este era un procedimiento legal. Siempre y cuando no
llegara a Tribunales, claro. Para evitarlo había que ser rápido. Un solo golpe. Y
contundente.
El valijero salió a los veinte minutos. De un trotecito lo alcancé y dejé caer mi
manota en su hombro.
—Señor, disculpe, ¿usted viene del 4° G?
—¿Qué quiere?
—Dígame si viene del 4° G —Yo lo sabía. Pero quería que me lo dijera él mismo.
—Sí, ¿por?
—Lo siento, pero me va a tener que acompañar —respondí mostrándole la chapa.
Pareció arrugarse como un papel. Su cara se puso roja de bronca y vergüenza.
—¿Qué hice ahora?
—¿Usted es casado?
—Viudo.
La pegué. El candidato perfecto. Sin esposa que pudiera traer problemas.
—Disculpe, pero me va a tener que acompañar a la seccional en calidad de testigo.
En ese departamento se ejerce la prostitución y no está habilitado.
—¿Yo qué sabía?
—Tendría que haberle pedido a la chica la habilitación municipal y la libreta sanitaria.
—¿Y desde cuándo se pide eso para echarse un polvo?
—Lo lamento. Va a tener que venir. Pero no se preocupe. No va a tener problemas.
Es un testigo, nada más. Su declaración, una firmita y a su casa.
—Por favor, estoy trabajando. Si no vuelvo ahora, me van a...
—Ah, ahora llora, pero bien que le gustó la chanchada, ¿eh? Vamos, viejo, venga
conmigo y cumpla con su deber. No sea cagón. Ya le dije que no le va a pasar nada.
—Soy un hombre grande, abuelo soy, mire usted...
Sabía que iba a sacar de la billetera unas fotos carnet de los nietos y puse cara de
enojado. Me sale muy bien.
—¿Va a venir por las buenas o por las malas?
Fue todo el camino al lado mío, en silencio, seguramente jurándose no pisar un
firulo en su vida. Mi secreto era saber que al final él podría mantener en alto su
buen nombre y honor. El problema no era con él. Era con Lola o como carajo estuviera
escrito su nombre en el DNI.


2
El expediente de esa mujer estaba en un cajón de mi escritorio. Lo había escrito
yo mismo. No soy muy bueno escribiendo, pero nadie la conocía mejor. Ya tenía
dos entradas. Con una más iba a tener que hacerle de puta a las guardiacárceles.
No creo que le hiciera asco a eso, pero mejor coger en casa que entre rejas.
El valijero firmó su declaración. Le convidé un café y le palmeé la espalda para
que viera que yo no era un hijo de puta, que estaba laburando, nomás. Le aconsejé
que se buscara una buena mujer para salir, esas de barrio, sencillas. Era
peligroso andar metiéndola en cualquier buco con todas esas pudriciones nuevas
que inventaron los yanquis. Un hombre como él no debía andar buscándose problemas
con gente de mala vida.
Al aviso de "sale uno" le señalé el camino y supe que nunca más, y afortunadamente
para él, nos íbamos a volver a ver la jeta. Eso estaba listo. El asunto ahora
era Lola.
Ya tenía trece declaraciones en su contra. Trece. Mi número de suerte. La fecha
en que la conocí.
Ese día estaba con los muchachos de Moralidad revisando los clasificados del
Rubro 59. Que madura con aparatos, que lolita sin prejuicios, que traviesa superdotada,
que lampiño te entrega la colita. En fin, para todos los gustos. Los del
comisario ya venían marcados con resaltador fluorescente. A esos, guay que alguien
los molestara. No se podía pasar ni por la vereda de enfrente. La orden era
hacer garpar a los otros, los nuevos, los que no tenían protección.
Primero había que averiguar si algún poronga de la Provincia o de la Federal no
estaba arriba. Una vez chequeado eso, les caíamos encima. Así fue que vimos el
aviso de Lola en medio de otros similares. Madura, cuarenta años, morocha exuberante,
lencería, fetichismo.
Me gustó su voz por teléfono. Hablaba con cierta carraspera que le daba un toque
elegante. Aunque, a decir verdad, muchas veces una buena voz esconde detrás
un escracho. Miren las locutoras, si no. Pocas triunfan en la tele. Se te cae el alma
al piso cuando descubrís la trucha que tiene la voz de la que te enamoraste.
Arreglé un turno y me mandé al 4° G de la calle Hipólito Yrigoyen al 1300.
Cuando abrió la puerta no lo podía creer. Era morocha de verdad, de esas que
tienen el fuego de la selva en la sangre. No debía haber pasado hambre de chica.
En su humanidad había carne suficiente para cubrir varias cuotas Hilton. Iba
enfundada en un body negro que le reventaba donde tuviera curvas, o sea, en
todos lados. Ahí mismo le hubiera arrancado un pedazo a mordiscones pero me
contuve. Con una sonrisa profesional y tranquilizadora me sentó en un sillón sucio
de grasa mientras encendía un cien milímetros de los que ya no se consiguen
en cualquier kiosco. Todavía sin hablar, permitiéndose ese silencio elocuente,
dejó su encendedor de plástico sobre una estantería donde vi un rebenque y un
par de consoladores granosos. Preguntó con suavidad cuál era mi fantasía. Coger
era mi fantasía, qué mierda. Cuando hace dos meses que no culeás en lo único
que pensás es en una argolla y un buen par de tetas. Y juro que frente a mí había
de sobra.
Arreglamos el precio y cuando se dio vuelta para cerrar la persiana ya no pude
aguantar. Le caí por atrás, de sorpresa, como un nene angurriento, tratando de
agarrar todo lo que cupiera en mi manota que, con semejante cuerpo, imaginarán
que no era demasiado. Escuché su carcajada de tía permisiva y me enardecí. No
pude evitar morderle el cuello. Escuché un grito y me empujó puteando y diciendo
no sé qué de marcas y moretones. Me sentí tan miserable que hasta estuve a
punto de pedirle perdón, pero el tener sus enormes tetas delante hizo que olvidara
todo.
Deberían haber visto aquello. No recuerdo bien, creo que la ansiedad no me permitió
sacarme ni la camisa. Tiré a la Lola sobre la cama y haciendo a un lado la
tira de nylon de la entrepierna, se la clavé como pude. El seco y áspero interior se
desgarró en dos dejándome el camino libre a las profundidades. Gritó. Nos había
dolido a los dos. Pensé que iba a pegarme y me lo tenía merecido. Pero no, pedía
más fuerte y más adentro. Todo en ella se abría para mí. Sus piernas, sus brazos,
su boca. Menos sus ojos. ¿Para qué iba a hacerlo? Soy un negro fulero y no sirvo
como galán. Ella miraba a otro. Vaya a saber a quién. A algún novio de la juventud,
quizá un actor de telenovela. Un rostro hermoso construido en su memoria
con trozos de resentimiento. Todos tenemos uno, aunque lo llevemos escondido.
Cualquier puta sabe que el placer es un don mezquino, que se debe agradecer
cuando llega y olvidarlo con rapidez. Ellas lo venden, no lo compran. De lo contrario,
en nombre del amor, convertirían a cualquier infeliz en un fiolo parásito
sin pasta de protector.
En un momento empezó a sollozar. No sé cómo fuimos a parar al suelo. Transpiraba
como una gorda y su enrrulada cabellera negra se le pegaba a la frente. Creo
que había empezado a perder el control de su cuerpo. Temblaba, se retorcía, aullaba.
No pude contenerme y ahí nomás le largué los pibes. Pegó un aullido ronco
y triste. Dejamos de movernos, resoplando uno contra el otro, paralizados por la
energía perdida, convertidos en un pedazo de mierda, enchastrados, pegajosos y
sucios.
—Hijo de puta... Me acabaste adentro...
Recién entonces caí en la cuenta de que me había olvidado de ponerme el forro. Y
bueno, este polvazo bien valía una agonía en el Infectocontagiosas.
Me apartó de arriba suyo y desapareció tras una puerta. Mientras me vestía, oí
un chorro de agua fría, gárgaras y algunos resoplidos. Al rato apareció desnuda,
oliendo a talco, dispuesta a seguir sacándole pecho a la vida. Así, mientras se
enfundaba en su crisálida de nylon negro me dijo sin mirarme:
—Son cincuenta pesos, flaco. Más diez por no usar forro. ¿O te vas a quedar para
otro polvo?
—Federal, linda... —le respondí chapeando.
Pareció más decepcionada que sorprendida. Como acostumbrada a este tipo de
contratiempos.
—¿Y ahora qué quieren? —preguntó haciendo cualquier cosa menos mirarme.
—Que te asocies al club.
—Prefiero laburar sola.
—Acá todos nos necesitamos...
—Haceme el favor de tomártelas.
—¿Tenés algún juez amigo?
—¡Tomatelás! —gritó sin disimulos.
—Mirá que te vamos a joder, ¿eh?
—Vamos a ver quién jode a quién... —Y me abrió la puerta canchera, con una
manito en la cadera.
—Chau, linda. Preparate. Te vamos a hacer mierda. Le tiré un besito acordándome
de que ni siquiera había tenido tiempo de mirarle los zapatos.


3
Admito que estuve toda la noche pensando en ella. Me podrán decir que después
de vivir demasiado tiempo solo cualquier trapo con hueco es poncho. Pero este no
era el caso. La Lola era una pantera, de verdad.
Esa misma noche tuve que pajearme dos veces, pero mi mano no se parecía en
nada a su argollita depilada. Ahí me di cuenta de que tenía que sacármela de la
cabeza. Pronto iba a pasar a la órbita del comisario Antonio "Morcilla" Juárez. Y
donde se come no se caga.
Cómo envidiaba al guacho. Se la iba a trincar las veces que quisiera. Y gratis.
Ahora, yo debía desaparecer de su clientela. Aunque, a decir verdad, iba a tener
que verla una vez más, y en misión oficial. Con las declaraciones en la mano.
Estaba reuniéndolas en una carpeta cuando me llamaron al despacho de "Morcilla"
Juárez. Qué buen tipo era. Gordo, negro y grueso como una morcilla. Un verdadero
poronga. Todos querían trabajar con él y, por supuesto, era un orgullo
integrar su equipo. Manejaba absolutamente toda la guita recaudada en la seccional.
El cuarenta por ciento quedaba para él. Otro cuarenta iba para arriba,
aunque nunca supe qué tan alto llegaba. El veinte restante, para nosotros, los
zumbos de más edad, con experiencia, los que conocíamos la calle, los que hacíamos
el trabajo grueso. Y les aseguro que, entre los oficialitos recién paridos y
los agentes novatos, los que sabíamos éramos muy pocos.
Fue por eso que "Morcilla" Juárez me mandó llamar aquella misma tarde.
Se había hecho remodelar el despacho a nuevo. Decía con orgullo a quien quisiera
oírlo que todo había salido de su propio bolsillo. Y era verdad. No había pedido
un mango. Nunca pedía nada a nadie. Por el contrario, daba. Era tan generoso
que estábamos en deuda con él. Cuando pedía un favor, todos iban corriendo a
cumplirlo sin chistar. Una vez, hasta lo vi gritarle a un juez federal. Y el juez, calladito
la boca.
Buaserí de caoba, dos laptop conectadas a Internet, una central de comunicación
privada para hablar con sus hombres de confianza, tres teléfonos Siemens obsequiados
por la compañía (en un acto que duró tres horas y media), y siempre el
mismo cuadro de San Martín detrás de la butaca, aunque ahora con otro marco,
dorado, rococó, una pinturita. De primera sus nuevos sillones de cuero. Eran para
las visitas y, sin embargo, me señaló uno para que me acomodara tranquilo.
Echaban un resoplido de placer cuando les apoyabas el culo.
—García... —empezó.
—Presente, mi comisario.
—Tengo un trabajito para vos.
—Ordene, mi comisario.
—No. Esto no es una orden. Es un pedido, nomás.
—Lo que disponga.
—Tenés que ir a hablar con un tipo.
—¿Hablar nada más?
—Convencer no es fácil.
—¿Y de qué lo tengo que convencer?
—De que salga de la cárcel de Devoto.
—A la puta. Esto sí que es grave. Todos quieren salir y él se quiere quedar. Más
que Devoto, necesita un psiquiátrico. ¿Qué le pasa?
—Está cómodo el hijo de puta.
—¿Cómodo? ¿No hay nadie que lo raje a patadas?
—Es que le faltan dos años todavía.
—Discúlpeme, comisario, pero si le faltan nada más que dos años, ¿para qué va a
salir?
—Para hacerme un laburito.
—Ah, entiendo...
Apa. Por ahí venía la cosa. "Morcilla" se puso de pie, rodeó el escritorio y se me
acercó.
—Vení. Vamos a tomar algo. Yo invito. Te tengo que explicar los detalles.
Se puso el clásico saco azul cruzado y abrió la puerta para salir.
—Comisario...
—Acá no. En el bar hablamos más tranquilos.
—¿Es por la chica nueva? ¿La de Yrigoyen al 1300?
—¿Qué...? —reflexionó—. Ah, no. Olvídate. —Qué fácil le parecía— De eso me voy
a ocupar personalmente. Esto es más importante.
Y enfilamos para el bar. No el de la esquina. Ahí iba todo el Departamento de Policía
y esto merecía la ausencia de miradas y oídos indiscretos.
Terminamos en uno de la Avenida Libertador, esos cajetillas, los que le gustaban
a él.
Pedimos dos whiskies y empezó a contarme el plan. Un plan que iba a cambiar mi
vida para siempre…

martes, 5 de abril de 2016

CRAZY JACK, EPISODIO 2

Ya se encuentra en todas las comiquerías el número 7 de ANTOLOGÍA DE HÉROES ARGENTINOS, publicada por UNIVERSO RETRO.  Entre otros comics cuyos autores podéis leer en tapa, se encuentra el segundo episodio de CRAZY JACK: PROYECTO ATLAS.  Ya les dimos un avance en el post "Crazy Jack, el regreso", ahora va otro del tercer y último episodio de la saga.

martes, 29 de marzo de 2016

RESPUESTA A GUIDO FERRARI

No se sabe muy bien para quién se escribe. Supongo que en primer lugar uno lo hace para sí mismo, es decir escribe lo que le gustaría leer. Pero en términos de singularidad estamos solos. No compartimos ADN ni experiencias ni siquiera con nuestro gemelo. A uno le gusta el chocolate, a otro los caramelos. Por lo cual, amigo mío, cuando aparece un lector al que le has dado un momento de alegría, el objetivo ha sido cumplido. En mi caso ya han aparecido como cuatro. Con eso me basta.  
    Guido: gracias por haber desmenuzado con agudeza y sinceridad los factores que te interesaron de “Que me vengan a buscar”. Gracias también, por haberte tomado el trabajo de escribir y dejar tu mensaje en este blog. Para quienes quieran leerlo, busquen el post “Que Me Vengan a Buscar en BAN 2012” en Entradas Antiguas.
    Como el comentario es de ayer, pero dejado en aquel viejo post, decidí abrir uno nuevo para tender un enlace entre el pasado –escrito por mí- y el presente -escrito por vos-. ¿Qué si estoy escribiendo otra novela? Acabo de abandonar una y retomar otra que había abandonado hace años. También policial. ¿Cuando verá la luz? No sé. ¿Verá la luz?
    Ah, Guido.  Lo olvidaba.  Si tenés ganas de perder cinco minutos y leer un cuento del mismo color, te invito a que busques en Entradas Antiguas un posta llamado "Marketing".
    Nada más.
    Abrazo.

domingo, 28 de febrero de 2016

ROBINSON CRUSOE Y ARTHUR GORDON PYM


Finalmente, luego de un arduo trabajo, las adaptaciones de "Robinson Crusoe" y "Las Narraciones de Arthur Gordon Pym", se encuentran distribuidas por todo el mercado hispano. Un par de palabras al respecto. Del primero me fascinaron las listas, como a Umberto Eco, vaya comparación. Del segundo, el sin final. Se sabe que Poe murió antes de terminarla. Alguien, por las noches, le dejaba un ramo de flores y una botella de bourbon en su tumba. Fuera quien fuese, se aburrió o murió. Ya nadie lo hace. Sin embargo, sus inspirados, como Jules Verne, nacido el mismo día que yo, la continuó el "La Esfinge de los Hielos". Obra recomendable y algo olvidada. Mi intención es que, a través de este comic-book la descubran o relean. Defoe fue uno de los primero periodistas modernos, buscaba historias reales que narrar. La encontró en un tal Juan Fernández, naufrago aislado en una pequeña isla del Pacífico, cerca -si se puede decir- de Chile, la cual lleva hoy su nombre. Defoe la ubicó en otro lugar, tal vez cerca de Malasia. De los dibujantes, ni que hablar. Pietro en Crusoe. Alcatena en Gordon Pym. Dos obras de arte popular. Que las disfruten.

domingo, 21 de febrero de 2016

UMBERTO ECO Y ROBIN WOOD

Uno admira al otro, y yo admiro a ambos. Lo digo en tiempo presente porque los dos son inmortales. Ninguno morirá jamás. Robin, porque tiene toda una vida y obra por delante. Umberto porque nos ha legado un corpus pivoteado entre lo académico y el análisis de los popular. Es -lo sigue siendo- admirador de Dago. Sé que leyó el de Robin. ¿Habrá leído el mío alguna vez? Estoy seguro. Habría tanto que decir de ellos, pero no tengo más que un nudo en la garganta. Solo pretendo postear esta imagen imborrable y eterna tomada en esa casa frente al palacio sforzesco en Milán.

martes, 22 de septiembre de 2015

CLUB EXTREMO NEGRO

Nunca me asociaría a un club que me tuviera a mí como socio, más o menos, dijo Groucho Marx.  Yo sí.  Porque en aquel asado de una noche memorable, en los patios de la editorial Del Nuevo Extremo, en donde reunieron a todos los editados por el sello Extremo Negro, me sentí parte de ese club, el de la novela negra.  De pronto, me había dado cuenta de la cantidad de escritores que adhieren a la temática.  Por supuesto, hay otros, y muchos, y buenos.  Tizziani, Oyola, Sasturain, Cáceres, Krimer – que estaba acompañando a su pareja, Jorge Yaco, pero no salió en la foto por no haber sido editada en el sello, pero sí en Negro Absoluto-, y siguen los nombres.
    Fue fantástico.  Choricitos bombón, lechón, vacío y tintillo, previa picada de quesitos y fiambres, llenaron nuestros espíritus de camaradería y hermandad.  Me atrevo, incluso a decir que “Extremo Negro” se ha convertido en el sello que más libros del género ha editado en la actualidad, habiendo otros notables, claro, además de la insuperable pero lamentablemente extinta “Séptimo Círculo”.
   No voy a enlistar los nombres de los presentes.  Quienes lo siguen lo saben.  Aquella noche faltaban Sergio Sinay y Daniel Sorín, vaya a saber por qué.  Pero estaba el sobrino del primero, Sergio, autor –entre otros- de “Los crímenes de Moisesville”, que se conecta históricamente con personajes reales aparecidos en “El Oro de Berlín”, de Yaco, por otro lado, finalista de un premio de la Semana Negra de Gijón.
    Nos sentíamos tan exultantes que en el momento de la foto general, no podíamos dejar de parlotear, hasta que el daguerrotipista digital, un hombre de barba, ciento cincuenta kilos y un metro noventa de altura, gritó con voz grave y autoritaria: ¡¡¡Silencio!!!.  Y todos quedamos freezados.  Esa es la foto que aquí subo, la misma de la revista “N”

   Insisto, “YO” estaba allí.   Me sentía parte de esa gente extraña, que imagina perversiones y secretos laberínticos.  Y mi corazón se hinchó de gozo. En otras palabras, un club.  Un club del cual me siento orgulloso de pertenecer.  Sin alusiones al slogan de alguna tarjeta de crédito.  Motivos ajenos a mi voluntad, me hacen subir esto ahora, desde lo que pasó más de medio año.  Pero no me importa.  De algún modo, este blog es también una cierta memorabilia, como han visto y verán mis pocos pero selectos seguidores.      
ASADITO
CON ERNESTO MALLO Y -OJO- BEBIENDO AGUA MINERAL
CON JAVIER SINAY
CARLOS SAEZ (EDITOR) Y MIGUEL GAYA
video
TODOS JUNTOS
Y por último, videíto promo.

Hasta la próxima.

jueves, 11 de junio de 2015

EL ERROR, LA ÚLTIMA NOVELA DE ALFREDO ABARCA

El Grupo Editorial Planeta, en su sello Emece, presenta una nueva novela de Alfredo Abarca: EL ERROR, con una trama apasionante sobre dos temas de actualidad como son la fertilización médicamente asistida y la corrupción política y judicial con sus implicancias sociales, jurídicas y psicológicas.
La irrupción de la tecnología en la fertilidad humana abre una posibilidad cierta para solucionar un problema que, a veces, es dramático pero estas nuevas prácticas crean inevitables interrogantes respecto de la filiación, la herencia y los vínculos parentales.
Pese a la esperanza que promete la fertilización asistida para la humanidad, también afloran elementos negativos de los procedimientos aprovechados por los que lucran con la novedad y la ansiedad de las mujeres que quieren ser madres y que la naturaleza impide.
El autor, consagrado como novelista en sus anteriores libros publicados por la Editorial: Papeles Perdidos, Fuerza de Mujer, Expediente Reservado, El Código de Nuremberg, Secuestro Virtual, Duelo Nacional y La Abogada, ha sido comparado por los críticos con John Grisham y Robin Cook, con tramas que surgen de su oficio de abogado y escenario argentino.
El Error basado en la mala praxis de un médico especialista en la fertilización humana y su relación con un empresario corrupto y bestial, casado con una hermosa mujer a la que dobla en edad y que quedará viuda por un ajuste de cuentas que ejercen sicarios pagados por sus competidores o por los políticos a los que responde.
Ella debe enfrentar la presión de los antiguos socios y empleados de su marido asesinado y la aparición inesperada de otro heredero. En este torbellino de situaciones, nace una relación amorosa asimétrica fuera de toda razonabilidad.

El reconocido estilo del narrador, rápido y atrapante, entrelaza las acciones de la fertilización asistida con antiguas prácticas de la corrupción política y económica dejando planteado un interrogante jurídico que aún no ha encontrado solución ni en la ley ni en la justicia.